LA VENECIA DE LAS OSTERIE Y LA LEYENDA DEL SALVADEGO
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LAS OSTERIE DE SAN MARCOS: VIAJEROS, MERCADERES Y SECRETOS EN LA VENECIA MEDIEVAL
Hubo una Venecia que no se descubre mirando solamente sus palacios, sus iglesias o las grandes ceremonias de la Plaza San Marcos. Existió otra Venecia, más íntima y bulliciosa, que comenzaba al caer la tarde, cuando los viajeros regresaban de Rialto, los mercaderes cerraban sus negocios y las puertas de las osterie se convertían en refugio de hombres llegados de tierras lejanas.
Era la Venecia de las posadas.
En una ciudad levantada sobre el agua, donde llegaban continuamente mercaderes, embajadores, peregrinos, soldados, religiosos, artesanos y aventureros, la necesidad de alojamiento fue creciendo a medida que aumentaba la importancia internacional de la República.
Venecia era el gran puente entre Oriente y Occidente: por sus muelles pasaban mercancías, pero también lenguas, costumbres, religiones y personas procedentes de lugares extraordinariamente diversos. Comunidades griegas, alemanas, albanesas, dálmatas, armenias, turcas, judías, luquesas, milanesas..., además de la constante corriente de extranjeros que simplemente estaban de paso.
Y entre todos aquellos viajeros había unos especialmente importantes para Venecia: los peregrinos que se dirigían hacia Tierra Santa.
Muchos llegaban después de atravesar Europa a pie, a caballo o en caravanas. Venecia era para ellos la última gran escala antes de embarcar hacia Oriente. A veces tenían que esperar durante días o incluso semanas hasta la partida de las galeras. Así surgió alrededor de San Marcos una auténtica infraestructura de acogida: lugares donde dormir, comer, beber, cambiar moneda, guardar las pertenencias y organizar el viaje marítimo.
Pero las posadas no fueron únicamente lugares donde alquilar una cama.
Fueron espacios de encuentro.
En ellas se cruzaban comerciantes que discutían precios y mercancías, extranjeros que buscaban intérpretes, peregrinos que relataban sus experiencias, soldados, mensajeros, artistas y personajes que llegaban a Venecia para resolver asuntos políticos o comerciales. Algunas recibían incluso a grandes comitivas diplomáticas.
La República, consciente de la importancia —y también de los peligros— de aquella multitud de forasteros, sometió las tabernas y posadas a una vigilancia cada vez mayor. El gremio de los osti (los posaderos) fue reconocido oficialmente en 1355, y las ostarie quedaron estrechamente controladas por razones de orden público, moralidad y seguridad.
No era casual que muchas posadas se concentraran alrededor de San Marcos y Rialto. Eran los dos grandes corazones de la ciudad: uno político y religioso; el otro comercial.
Y allí comenzaba también el juego de las insegne.
LAS IMÁGENES QUE SUSTITUÍAN A LAS PALABRAS
Para un extranjero que llegaba a Venecia, orientarse por aquel laberinto de calles, canales, campi y callejuelas no debía ser sencillo (¡sin Google Maps!). Mucho menos cuando no conocía el dialecto veneciano y el analfabetismo era todavía generalizado.
Por eso las posadas necesitaban ser reconocibles desde lejos.
Una figura, un animal, un objeto.
Un sombrero, una campana, un peregrino, un león, una luna, un caballo...



Las insegne eran auténticos signos visuales que además estaban relacionadas con el control administrativo: aparecían vinculadas a los registros fiscales, a las licencias para vender vino y a la organización de los extranjeros.
Así, alguien que no pudiera leer un nombre podía reconocer inmediatamente el establecimiento.
Venía de Alemania y buscaba alojamiento: preguntaba por el Capello (el sombrero).
Era peregrino: buscaba el Pellegrino.

Buscaba una posada junto al centro político de la ciudad y veía una Campana.
Y si encontraba en la fachada la figura de un hombre cubierto de pelo, armado con un garrote, había llegado al Salvadego.
Las insignias acabaron convirtiéndose prácticamente en nombres propios. La ciudad podía hablar de una taberna diciendo simplemente la Luna, el Cappello, el Cavalletto o el Salvadego.

LAS POSADAS ALREDEDOR DE SAN MARCOS


Entre las tabernas que se encontraban en torno a la Plaza de San Marcos estaban:
Alla Luna 🌜 —la Luna.
Al Cappello Nero 🎩 —el Sombrero negro
Al Cavalletto 🎠—el Caballito
Alla Corona 👑—la Corona.
Al Pellegrino —el Peregrino.
Al Salvadego —el Salvaje.
Alla Rizza ♠️♦️ - Un juego de cartas típico que se jugaba en el lugar
Al Leone 🦁—el León
Alla Cerva 🦌 —la Cierva
Y no estaban aisladas de la gran red hostelera veneciana. Cerca de Rialto encontramos otras como Do Spade (dos espadas), Torre, Sole (sol), San Zorzi (San Jorge), Scimmia (mono), Anzolo (ángel), Sturion (esturión), Campana, Donzella (damisela), Gambaro (gamba o langostino) y Scoa (escoba).
Algunas pertenecían a particulares; otras estaban en manos de familias nobles, monasterios e incluso de la propia República. Marin Sanudo, por ejemplo, fue copropietario de la Campana, mientras que la familia Foscari poseía las tabernas de la Stella y la Spada. El monasterio de San Lorenzo poseía la Scimmia, y el monasterio de San Servolo la del Sole.
La República, por su parte, era propietaria de varias de las situadas junto a San Marcos: Cappello Nero, Pellegrino, Rizza, Cavalletto, Luna y Lion Bianco.
Aquello demuestra algo importante: las posadas formaban parte de la propia estructura económica y administrativa de Venecia. No eran simples negocios privados.
¿CÓMO ERA UNA POSADA VENECIANA? ENTRAMOS A LA OSTERIA AL SALVADEGO
Las grandes Osterie podían ser establecimientos bastante complejos.
A finales del siglo XIII se establecieron normas que obligaban a determinadas tabernas a disponer de hasta cuarenta camas con mantas y sábanas. También se regulaban las entradas y salidas y las características de balcones y ventanas.
Había una diferencia entre las osterie a pluri, de mayor calidad y precio, y las osterie a minori, destinadas a una clientela más humilde. Las primeras podían servir vinos apreciados procedentes de la Romania veneciana, Candía y otros territorios; las segundas ofrecían vinos más modestos, los llamados terrani.
Pero no todo era vino.
Había cocinas, bodegas, habitaciones, patios, chimeneas, sirvientes y espacios comunes. En algunas posadas se podía comer, beber y organizar prácticamente toda una estancia.
Y, naturalmente, el ambiente podía ser extraordinariamente animado.
Porque aquellas habitaciones reunían a personas que normalmente jamás se habrían encontrado.
Un mercader alemán podía compartir mesa con un veneciano. Un peregrino podía escuchar las historias de un marinero que acababa de regresar de Oriente. Un embajador podía ocupar una planta entera del edificio. Y, detrás de las conversaciones aparentemente inocentes, podían circular noticias sobre mercados, guerras, rutas comerciales y política.
El Salvadego era una osteria donde se cruzaban las intrigas políticas del Dux con las historias de quienes regresaban de las rutas de la seda y las especias.
EL SALVADEGO: LA POSADA DEL HOMBRE SALVAJE
La primera noticia documental que tenemos de la posada se remonta a 1369, cuando aparece mencionada como: «la casa del Salvadego in cao de piazza». Se encontraba en la Bocca de Piazza, en el entorno de la actual Calle Larga dell'Ascension, muy cerca del corazón monumental de San Marcos.


Su edificio perteneció inicialmente a la familia ciudadana Da Zara y posteriormente pasó a los Giustinian. Una antigua crónica del siglo XVI conserva incluso la memoria de la transformación de la propiedad.
En 1560 sabemos que la posada estaba regentada por Piero de Lombardi.
Pero ¿por qué se llamaba Salvadego?
Aquí aparece una de las imágenes más fascinantes de la cultura medieval.
El salvàdego era el hombre salvaje, el homo selvaticus: una criatura cubierta de pelo, vinculada a los bosques y situada simbólicamente en ese territorio ambiguo entre el hombre civilizado y la naturaleza.

Por eso la insignia de la posada representaba precisamente a un hombre salvaje sosteniendo un garrote. Para un viajero medieval, aquella imagen debía de resultar inmediatamente reconocible.
No necesitaba saber leer. Bastaba con buscar al hombre salvaje.
UNA CASA DE LUJO EN LA VENECIA MEDIEVAL
El Salvadego no era una pequeña taberna, era uno de los establecimientos más ricos del siglo XIV. Tenía abundantes mármoles en escaleras, ventanas y pavimentos, y sus habitaciones podían incluso adornarse con flores, a pesar de que las instalaciones higiénicas eran todavía muy rudimentarias: no había letrinas, ni estufas como las entenderíamos hoy.
Durante siglos debió de ofrecer una combinación singular: prestigio, comodidad, comida, vino, conversación y una ubicación extraordinaria. Estaba prácticamente a las puertas de San Marcos.
El visitante podía salir de la posada y encontrarse inmediatamente dentro del espectáculo de la Plaza de San Marcos: la basílica, el Palacio Ducal, los vendedores, los marineros, los mercaderes, los embajadores y la interminable corriente humana que atravesaba el centro de la República.
Por eso el Salvadego se convirtió en un lugar donde no solamente se dormía. Se esperaba. Se negociaba. Se conversaba. Se conspiraba. Se cortejaba.
EMBAJADORES EN EL SALVADEGO
Existen documentos que permiten imaginar hasta qué punto podía llegar la importancia de la posada.
En 1496 se alojaron allí cinco embajadores de la ciudad de Tarento acompañados por diez sirvientes, llegados en una nave de Monopoli para ofrecer su ciudad a la Señoría veneciana ya que estaban descontentos de su dominio por la Corona de Aragón.
Pero aún más impresionante fue lo ocurrido en 1579.
El embajador de la Sublime Puerta (de Constantinopla) llegó a Venecia acompañado por doce turcos. La comitiva ocupó para sí toda la primera planta y buena parte de la segunda del Salvadego y gastó en pocos días cuatrocientos ducados, costeados por la República según la antigua costumbre veneciana.
Así podemos imaginar la escena
En las habitaciones del Salvadego se escuchaba hablar veneciano, italiano, alemán, griego, turco y muchas otras lenguas. En las mesas se discutían precios, rutas y noticias. Los criados subían y bajaban escaleras. En la cocina se preparaban comidas para huéspedes de distinta procedencia. En las habitaciones se guardaban cofres y equipajes.
Y al otro lado de la puerta, San Marcos seguía con su vida.
PERO TAMBIÉN HABÍA OTRA VENECIA...
Las posadas no eran lugares exclusivamente respetables.
Precisamente porque reunían a tanta gente, eran también espacios de juego, bebida, relaciones amorosas y encuentros clandestinos.
El Salvadego adquirió con el tiempo una reputación particularmente ambigua.
El poeta satírico Bartolomeo Dotti lo relacionó con encuentros amorosos y con mujeres que conducían allí a hombres ingenuos para cometer toda clase de "infamias".
Así que el Salvadego tenía dos caras: de día podía recibir embajadores. De noche podía convertirse en escenario de secretos.
Y quizá precisamente esa mezcla de respetabilidad y transgresión hizo que su fama sobreviviera durante siglos.
LAS CINCO MÁGICAS PATERE
Pero el edificio del Salvadego guarda otra historia, mucho más antigua que la propia fama de la posada.

Cuando en 1920 Giuseppe Avon Caffi emprendió trabajos de restauración, se descubrió bajo el enlucido parte de la arquitectura antigua del edificio de estilo bizantino.
Y es precisamente en la fachada hacia la Bocca de Piazza donde se encuentran las famosas cinco páteras:
1. Dos arpías montadas sobre dos caballos.
Las arpías pertenecen al imaginario mitológico grecorromano: criaturas monstruosas con rostro femenino y cuerpo de ave. También se relacionan con los caballos inmortales de Aquiles, Balio y Janto.

2. Los dos pájaros enfrentados
Otra, actualmente muy erosionada, representa dos aves colocadas de espaldas pero con las cabezas enfrentadas y los picos unidos. Representan la concordia.
3. El motivo vegetal
Una tercera pátera, de forma abombada, está decorada con motivos florales.
4. Las aves de cuellos entrelazados
Otra muestra dos aves cuyos cuellos se retuercen entre sí, formando una composición que vuelve a representar la concordia, la unión y la armonía.

5. Los pavos reales ante la fuente
Y quizá la más hermosa es la de dos pavos reales enfrentados que beben de una fuente. Su significado es profundamente cristiano: representan las almas que se sacian en Cristo.
De esta manera, en una fachada que siglos después sería conocida por una posada, convivían imágenes procedentes de diferentes estratos culturales: mitología antigua, símbolos de concordia, motivos vegetales y simbología cristiana.
UNA FACHADA QUE CONSERVA VARIAS VENECIAS
Eso es precisamente lo fascinante del Palazzo del Salvadego.
No estamos ante una arquitectura perteneciente exclusivamente a una época.
El edificio fue construido a finales del siglo XIII. La posada continuó funcionando durante siglos, hasta que cerró definitivamente alrededor de 1870, después de unos quinientos años de historia.
Y en el siglo XX la restauración volvió a revelar fragmentos de aquel pasado.
Es como si la fachada hubiera ido acumulando capas de Venecia: la Venecia bizantina del Duecento (siglo XIII), la Venecia mercantil del Trecento (siglo XIV), la Venecia diplomática del Renacimiento, la Venecia galante y carnavalesca de los siglos posteriores, y finalmente la Venecia que comenzó a convertirse en ciudad turística.

EL ÚLTIMO CAPÍTULO DEL SALVADEGO
Incluso después de que la República desapareciera, la historia de la posada continuó.
En 1848, uno de sus clientes habituales era el pintor veneciano Ippolito Caffi, que mantenía una relación amorosa con Virginia Missana, hija del propietario. Los encuentros de ambos tenían lugar precisamente allí.


Poco más de veinte años después, hacia 1870, la antigua posada cerraba sus puertas.
Habían pasado aproximadamente cinco siglos desde aquella primera noticia de 1369.
La ciudad que la había creado también estaba desapareciendo.
Con el final de la República y la transformación de Venecia en una ciudad moderna, las antiguas ostarie fueron perdiendo su función. Las viejas insegne desaparecieron y fueron sustituidas por nombres y anuncios en lenguas extranjeras. Las antiguas posadas comenzaron a transformarse en hoteles, grandes hoteles y hoteles reales.
Y quizá por eso las páteras del Salvadego resultan tan evocadoras.
Porque mientras cambian los nombres, las modas y los viajeros, aquellos pequeños discos de piedra siguen mirando hacia la calle.
Dos arpías.
Dos aves que se unen.
Flores.
Dos cuellos entrelazados.
Dos pavos reales bebiendo de una fuente.
Y, durante siglos, frente a ellas pasó toda la humanidad de Venecia: peregrinos que esperaban sus galeras hacia Jerusalén, mercaderes que llegaban cargados de mercancías, embajadores de tierras lejanas, marineros, soldados, aventureros, amantes clandestinos y simples viajeros que, al llegar a la Bocca de Piazza, buscaban una figura que pudiera orientarlos en el laberinto.
Un hombre salvaje con un garrote.
El Salvàdego.
La señal de una posada.
Y, con el tiempo, el nombre de una calle, de un ramo y de una parte de la memoria de San Marcos.
Y quizá sea precisamente eso lo que hace tan fascinante a la antigua Venecia: pensar que, detrás de cada puerta, de cada insignia y de cada piedra de sus fachadas, hubo una historia de viajeros, encuentros, negocios, amores y secretos que hoy apenas podemos imaginar. Si pudierais regresar por una noche a aquella Venecia medieval y elegir una de estas antiguas posadas para cruzar su puerta, ¿Cuál escogeríais y qué historia os gustaría vivir entre sus paredes?
EN EL MAPA ES EL PUNTO 99 DE LA CAPA "PASEO BARRIO SAN MARCOS"
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