ACQUA ALTA — EL MUNDO DEL REVÉS
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La primera vez que el agua cubrió la plaza, Chiara creyó que Venecia estaba aprendiendo a darse la vuelta.
No llegó como una inundación, sino como una respiración lenta. Se deslizó entre las losas, ocupó las grietas, alisó la piedra hasta volverla espejo. Cuando Chiara salió del portal, la plaza ya no era plaza: era una lámina inmóvil donde la ciudad aparecía invertida, suspendida en una claridad fría.

El campanario descendía hacia el fondo azul. Las cúpulas flotaban como medusas. Venecia estaba debajo. O arriba. No supo decirlo.

Dio un paso.
El agua tembló sin romperse. Bajo la superficie apareció otra Venecia, más nítida y más lejana, como si la verdadera estuviera al otro lado y esta fuera apenas su reflejo gastado. Los sonidos se volvieron espesos, casi submarinos.
—No mires demasiado —dijo una voz.
Un gondolero la observaba desde el borde seco de la plaza.
—¿Por qué?
Señaló el agua.
—Porque a veces te mira de vuelta.
Clara sonrió… hasta que volvió a mirarse.
Su reflejo no coincidía del todo. Un retraso mínimo. Una inclinación distinta. Como si la Chiara del agua pensara antes de imitarla.
—Cuando sube el acqua alta —dijo el hombre— Venecia se duplica. Pero lo de abajo no es copia… es la otra versión.

El viento onduló la superficie. Durante un instante la ciudad se deformó, líquida. Y entonces Chiara lo vio.
En el reflejo, una góndola cruzaba la plaza.
No el canal lejano: la plaza misma, como si el agua fuera su verdadera calle.
Dentro no había turistas. Solo un gondolero oscuro, remando despacio.
Clara alzó la vista.
No había ninguna góndola.
Bajó los ojos.
La góndola seguía allí, alejándose en la profundidad azul. El gondolero del agua giró la cabeza hacia ella. Su rostro era apenas una sombra.
Sintió un tirón leve en el pecho, como una corriente.
—A veces —dijo el gondolero real— las dos Venecias se acercan demasiado.
—¿Qué pasa entonces?
—Que la gente cruza sin darse cuenta.


El agua ya le tocaba los tobillos. No recordaba haberse movido.
Su reflejo estaba más hundido: en su mundo el agua le llegaba a la cintura. Y no la imitaba. Solo la miraba.
—Creen que siguen aquí —continuó él—.Las calles son iguales. Pero todo es más frío… más lento. Y no distinguen qué lado es el verdadero.
Chiara dio otro paso.
El reflejo dio el mismo… un instante antes.
El mundo pareció girar suavemente. Como si la gravedad cambiara de dirección.
El gondolero la sujetó del brazo.
—No mires más.
Parpadeó. La superficie volvió a ser solo agua: cielo, piedra, fachadas.
Nada más.
Horas después el acqua alta se retiró. La plaza reapareció. Venecia volvió a su peso.
Pero al marcharse, Chiara miró atrás.
En un charco aislado, pequeño como un ojo, la ciudad seguía invertida.


Y durante un segundo vio a la otra Chiara quedarse allí, de pie en la orilla opuesta, observándola marcharse.
Como si no supiera —o no quisiera—en cuál de las dos Venecias vivía ahora.

No sabemos en cual de las dos Venecias vivimos ¿Quieres aprender a mirar la otra Venecia?






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