PALAZZO PISANI SANTA MARINA: FIESTAS, RUINA Y ARTE
Actualizado: hace 9 horas

Imagínate caminar de noche por el sestiere de Castello en Venecia. Llegas al Puente del Cristo con una de las vistas más teatrales y te topas con este palacio gótico veneciano del siglo XIV que perteneció a la familia Pisani. En este mismo lugar ocurrió una tragedia que te cuento más adelante.
Este palacio gótico fue el epicentro de la fiesta, los escándalos financieros, los crímenes y la metamorfosis de la Venecia renacentista: la casa de los Pisani de Santa Marina.




El gran cronista de la época, Marin Sanudo, no se andaba con rodeos en sus Diarios. Cuando hablaba del palacio de los Pisani, lo hacía porque allí se celebraban los mejores bailes de toda la República.
Intenta visualizar la escena: la fachada gótica iluminada con antorchas; el canal lleno de góndolas con felze (aquellas cabinas de madera que daban absoluta privacidad) de las que bajaban embajadores y nobles venecianas con sus chopines —unos zapatos con plataformas hasta de 50 cm. de madera para no mancharse con el agua y presumir de altura—.



Dentro, en el enorme salón central (portego), los jóvenes de las Compagnie della Calza —las asociaciones teatrales venecianas compuestas de jóvenes nobles de los siglos XV y XVI que organizaban las fiestas luciendo medias de seda de dos colores — preparaban espectáculos de momarie (teatro a base de máscaras y danzas), comedias de Carnaval y banquetes donde la comida era puro teatro. En las mesas no faltaban banquetes con aves servidas con sus propias plumas ni esculturas de azúcar fundido que representaban al león de San Marcos.




LAS MOMARIE
El término «momarie» (o en singular, momaria, término proveniente del veneciano momo, 'máscara').
Las momarie no eran un grupo o espectáculo, sino una forma histórica de representación mimética, teatral y alegórica en máscara. Tuvieron su gran esplendor en la República de Venecia entre la segunda mitad del siglo XV y mediados del siglo XVI.
A diferencia del teatro clásico, las momarie se caracterizaban por ser pantomimas. No tenían diálogo hablado (o este era mínimo); la narración se transmitía mediante la gestualidad, máscaras, vestuarios fastuosos, danzas, música y escenas mitológicas o históricas.
Se realizaban tanto en espacios públicos (sobre barcazas flotantes en el Gran Canal, en la Plaza de San Marcos o los patios del Palacio Ducal) como en los palacios privados de la nobleza. Utilizaban complejas tramoyas (ingegni) y carros alegóricos.
Eran financiadas y producidas por las Compagnie della Calza, agrupaciones de jóvenes nobles venecianos que competían entre sí por ofrecer los festejos más extravagantes e impresionar a los gobernantes (Dux) y dignatarios extranjeros.
Pero el dueño de la casa, Alvise Pisani, era un tipo bastante más complejo. Era uno de los banqueros más poderosos de Rialto, dueño del Banco Pisani, un hombre que le prestaba dinero al mismísimo Estado. El problema es que Alvise tenía dos grandes vicios: las apuestas y el riesgo desmedido. Entre sus deudas de juego y una nefasta gestión durante las guerras italianas, su banco se fue a la quiebra en la primavera de 1528.
Las crónicas de la época (especialmente los famosos diarios del historiador y cronista veneciano Marino Sanuto) documentan detalladamente el carácter de Alvise. Pisani era conocido en la ciudad no solo por su inmensa riqueza, sino por su adicción a las apuestas de alto riesgo y al juego de azar (ridotti primitivos y dados). Esta mentalidad especulativa la trasladó a la gestión de su banco, concediendo préstamos altamente arriesgados a particulares y aceptando depósitos con promesas de rendimientos desmedidos.
Durante la Guerra de la Liga de Cognac (1526-1530), Venecia estaba embarcada en una costosa contienda contra las tropas del Emperador Carlos V. El Senado veneciano presionó de manera implacable a los bancos patrios para que le prestaran fondos públicos con los que pagar a los mercenarios y mantener las flotas. Pisani, buscando favores políticos e influido por su perfil de alto riesgo, prestó sumas descomunales al Estado veneciano que este no podía devolver a corto plazo. El banco quedó completamente descapitalizado y sin liquidez.
Sanudo cuenta en sus diarios el morbo que se vivió en la ciudad cuando el palacio de Santa Marina pasó, en cuestión de días, de alojar las fiestas más glamurosas a estar rodeado de acreedores e inspectores del gobierno auditando hasta la última joya.
Y la cosa no acaba en el dinero. En el Carnaval de 1541, la fiesta dentro del palacio terminó en tragedia justo en la puerta. Varios sirvientes de una delegación extranjera y jóvenes nobles se enzarzaron en una pelea a la salida del baile. Un paje de la familia Pisani acabó muerto a estocadas en mitad del Ponte de le Erbe. El asunto fue tan grave que tuvo que intervenir el temido Consiglio dei Dieci —el servicio secreto y de seguridad veneciano—, que mandó al exilio a varios de los implicados. En las actas del juicio aún se lee claramente dónde ocurrió todo: a los pies del palacio de Santa Marina.

Con el tiempo, la familia Pisani se hizo aún más rica y poderosa. El palacio de Santa Marina se les quedó pequeño para sus aires de grandeza, así que se compraron un solar enorme en Campo Santo Stefano y construyeron el monumental Palazzo Pisani que hoy es el Conservatorio de Música.

EL SUSURRO DEL PASADO Y LA LENTITUD DEL PRESENTE
Hoy en día, el Palazzo Pisani Santa Marina no vive de la nostalgia ni de las sombras de su historia. Cinco siglos después, los salones de este palacio han encontrado un nuevo tipo de magnetismo que desafía al mundo moderno.

Del 9 de mayo al 22 de noviembre de 2026, las salas históricas del palacio se han transformado para acoger la muestra Ethnography of the Body and Material – Slowness and Depth in an Accelerated Society, comisariada por Yuji Akimoto. Diez artistas contemporáneos japoneses —entre ellos figuras como Noritaka Tatehana, Ritsue Mishima o Takuro Kuwata— han tomado unos 500 metros cuadrados del inmueble para entablar un diálogo directo con la piedra, la luz y los siglos de uso de las paredes venecianas.

Resulta un contraste fascinante: en el mismo suelo donde Alvise Pisani contaba dinero a toda prisa y apostaba fortunas en cuestión de minutos, esta exposición propone una "resistencia silenciosa" contra el ritmo acelerado de la sociedad actual.





A través de un centenar de obras hechas a mano con cerámica, madera, vidrio soplado, fibras y docenas de capas de laca tradicional (urushi) que tardan meses en secar, las piezas obligan al espectador a detenerse, a respirar y a reconectar con la materia.




Si hoy cruzas el Ponte de le Erbe y entras en el Palazzo Pisani Santa Marina, ya no escucharás el acero de los duelistas ni el griterío de los acreedores de 1528. En su lugar encontrarías el eco sereno del arte contemporáneo japonés, recordándonos que tanto la piedra veneciana como el gran arte solo se revelan ante quienes saben mirar despacio.


EN EL MAPA ES EL PUNTO 94 DE LA CAPA "PASEO POR CASTELLO"
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