ACQUA GRANDA: EL DÍA EN QUE VENECIA CASI DESAPARECIÓ BAJO EL AGUA 🌊

4 de noviembre de 1966. Venecia se enfrentó a una fuerza que parecía decidida a borrar del mapa una ciudad que llevaba más de mil años desafiando al mar. Se le recuerda como ACQUA GRANDA, la inundación mayor que se conoce de la ciudad.
Hay días que una ciudad no consigue olvidar. Días en los que la naturaleza parece reclamar lo que alguna vez le perteneció. Para Venecia, ese día fue el 4 de noviembre de 1966, cuando una marea extraordinaria, conocida desde entonces como Aqua Granda, convirtió sus calles, plazas y palacios en un inmenso escenario de destrucción.
Todo comenzó con un viento de siroco que soplaba con una violencia inusual, rozando los 100 kilómetros por hora. La presión atmosférica cayó bruscamente y las aguas del Adriático comenzaron a empujar hacia el interior de la laguna. A ello se sumaron las lluvias torrenciales y la crecida de los ríos.
Y entonces Venecia dejó de reconocer sus propios límites: no se distinguía la tierra del mar.
El agua alcanzó los 194 centímetros sobre el nivel medio del mar, una altura jamás registrada hasta entonces. La plaza de San Marcos quedó sumergida, el Palacio Ducal soportó una inundación de proporciones excepcionales y los canales dejaron de ser canales para convertirse en una única extensión de agua embravecida. No era la habitual acqua alta que los venecianos conocían desde siempre. Aquello era otra cosa. Una amenaza que avanzaba sin detenerse.


Pero la tragedia no se limitó al centro histórico. En Murano, las olas llegaron a alcanzar los cuatro metros. Malamocco quedó completamente inundada y, en Pellestrina, el mar rompió las defensas que durante siglos habían protegido las islas. Los antiguos Murazzi, aquellas enormes barreras de piedra levantadas en tiempos de la Serenísima para contener el Adriático, fueron destrozados por la tormenta. Tres mil personas tuvieron que ser evacuadas de Pellestrina.
Venecia estaba siendo golpeada por el mar desde todos sus flancos.
Durante más de 22 horas, el nivel del agua permaneció por encima de los 110 centímetros. La ciudad quedó prácticamente aislada del mundo. Durante tres días faltaron la electricidad y el gas. Las casas se sumieron en la oscuridad y el frío, mientras el agua salada invadía las plantas bajas, arrastraba muebles, destruía mercancías y dejaba tras de sí desolación.


Y, sin embargo, hubo algo todavía más inquietante: la naturaleza ni siquiera había mostrado toda su fuerza.
La contribución astronómica de la marea, relacionada con la posición de la Luna, fue excepcionalmente pequeña aquel día: apenas nueve centímetros en el momento culminante. En condiciones habituales de noviembre podía alcanzar los ochenta centímetros. Si se hubiera producido una contribución lunar normal, el nivel del agua habría podido superar los 2,60 metros.
Venecia estuvo, por tanto, a merced de una catástrofe que podría haber sido todavía mayor.
Finalmente, después de un día de violencia, el viento cambió. El siroco cedió su lugar a la bora, un viento frío y poderoso que comenzó a empujar las aguas hacia el exterior de la laguna. Poco a poco, el nivel descendió. El agua se retiraba, pero no se llevaba consigo lo sucedido. Dejaba casas devastadas, negocios destruidos y una ciudad obligada a contemplar la fragilidad de su propia existencia.
Las imágenes de aquellos días recorrieron el mundo. La tragedia despertó una ola de solidaridad internacional y dio impulso a organizaciones dedicadas a salvar los tesoros artísticos de Venecia. Aquella inundación hizo comprender que preservar la ciudad no era únicamente una responsabilidad de sus habitantes: era proteger una parte irremplazable de la memoria de la humanidad.
Desde entonces, el 4 de noviembre permanece grabado en la historia veneciana como el día de la Aqua Granda.



Hoy, 60 años después, cuando contemplamos sus palacios reflejados en las aguas tranquilas de los canales, cuesta imaginar que aquellas mismas aguas llegaron a convertirse en una fuerza devastadora. Pero Venecia sigue ahí, suspendida entre la tierra y el mar, como si todavía mantuviera un antiguo pacto con las aguas que la hicieron posible.

Y queda una pregunta que quizá los venecianos nunca dejarán de hacerse: ¿Cuántas veces más podrá la ciudad resistir la llamada del mar antes de que este reclame definitivamente lo que considera suyo?



Comentarios