CAMPIELLO DEI MORTI Y LA LEYENDA DEL CORSARIO
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¿Adivináis porqué esta plaza se llama Campo dei Morti (de los muertos)? efectivamente, antiguamente era un cementerio anexo a la iglesia de Santo Stefano y tiene una romántica historia de un corsario.
Es un campo particular, lleno de belleza que está realzado por 8 escalones. Si recordáis, las plazas se elevaban para que no se contaminaran los pozos que se colocaban en el centro para recoger agua de lluvia con el agua salobre que corre bajo toda Venecia. Pero esta plaza ¡no tiene pozo! y sin duda, fue un cementerio.



Antiguamente, en Venecia, los entierros se realizaban cerca de las iglesias, salvo en épocas de epidemias de peste, en las que se habilitaban fosas comunes en las islas.
Fue durante la invasión napoleónica cuando, por motivos higiénicos, se promulgó un decreto por el que los entierros debían unificarse en un único lugar aislado del centro de la ciudad, concretamente en la isla de San Michele, que sigue siendo hoy en día el cementerio principal de Venecia.

Los antiguos cementerios de la ciudad no desaparecieron sin más: fueron cubiertos por nuevas capas de tierra y absorbidos por la red de calles. Hoy, de su antiguo uso funerario apenas quedan rastros mínimos: un nombre persistente, una ligera elevación del terreno, la ausencia reveladora de un pozo.
El campiello dei Morti fue en otro tiempo el cementerio de los frailes de San Stefano, cuyo convento se alzaba justo al lado. Ese espacio dejó de existir como tal en 1838, cuando, por hallarse vetusto e inservible, el terreno fue cedido al Ayuntamiento de Venecia. Sin embargo, el lugar conservó una memoria inquietante de su pasado: el nombre de dei Morti, «de los Muertos», que aún hoy lo señala.



Solo una placa, fijada en un muro, recuerda de forma explícita aquel destino anterior. En ella puede leerse: LOCUM COEMETERII VETUSTATE DESUETI PATEFACTUM A. MDCCCXXXVIII AERE CIVICO, esto es, que aquel lugar fue un cementerio, abandonado por el paso del tiempo y abierto al uso público en 1838, a expensas municipales.

EL MISTERIO DEL CORSARIO
Se llamaba Paolo da Campo di Catania y, según refiere la célebre Guía del forastero para la Venecia Antigua (1842), atribuida a Fabio Mutinelli, aquel temible corsario habitó durante algún tiempo el cementerio de los frailes ermitaños de Santo Stefano.
Estamos en 1490...
Durante años había sembrado el terror en el Adriático con asesinatos y saqueos. En 1490, Paolo acabó en Venecia: capturado por Tommaso Zeno, capitán de la República —o entregado voluntariamente, según otros— para ser juzgado por la Signoria.
Conmutada la muerte —que bien merecía— por una pena temporal, Paolo se vistió con una túnica burda y eligió como morada este cementerio. Allí se sentaba y dormía sobre cráneos y huesos, ayunaba, se mortificaba y exhortaba a todos a abominar el vicio y a encenderse en el amor divino.

El pueblo lo miraba con asombro: aquel hombre que había sido terror de los mares ahora parecía un penitente. ¿Sería verdadero su arrepentimiento?
Se decía incluso que Paolo, terror de los hombres, se había convertido ahora en terror de los demonios.
Pero no todos creían en su santidad. Algunos, más sensatos y perspicaces, desconfiaban.

De pronto, arrojó el capucho, abandonó el cementerio y subió a la galera de Melchiorre Trevisano.
Pero esta nueva resolución era igualmente fraudulenta, incluso infame. No iba a combatir al turco: se entregaba a él y se convertía en su espía, como dejó escrito Marin Sanudo en sus Diarios.
He aquí por qué conviene estar alerta con los santurrones ya que la ostentación de santidad suele ser una máscara; donde hay apariencia de virtud extrema, suele haber engaño.
Otros autores afirmaron que Paolo, al morir, fue sepultado bajo el altar mayor de la iglesia de San Stefano. Un anónimo del siglo XVII llegó incluso a asegurar que su cuerpo fue hallado allí incorrupto.
La leyenda pareció cobrar forma en 1836, cuando, al realizarse trabajos en el altar, apareció un esqueleto humano. Muy cerca, sobre un entablado, se distinguía aún el dibujo blanqueado de un navío y, trazada en negro, la figura de una cabeza barbada, con bigotes y gorro a la oriental. Entre siglas ya ininteligibles, destacaba una fecha: 1499.



¿Halló Paolo da Campo la redención entre ayunos y mortificaciones, o cambió de disfraz para regresar, una vez más, a la traición?
PUNTOS 88 DE LA CAPA "PASEO BARRIO SAN MARCOS"
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